El cuento ganador : «Rolling Stone «, por Julia Rodríguez

Desde pequeña mi profesor de inglés me ha dicho que soy una “Rolling Stone”, de hecho, si ahora mismo me lo encontrara por la calle y le contara como me va todo, seguramente me lo volvería a decir.

Para los que no lo sepáis, hay un proverbio que dice “A rolling stone gathers no moss” (“a la piedra movediza nunca moho la cobija”). Es decir, la piedra que se queda quieta, estancada, parada… cría moho, pero la piedra inquieta es la que se convierte en pulida, brillante… bonita. Y como una buena rolling stone, acabé rodando y terminé en Toledo.

Un día, cuando llegué a la Universidad, la coordinadora nos dio información sobre unas becas de movilidad entre las Universidades Españolas y también sobre las becas Erasmus que todo el mundo conoce. Mis profesores me recomendaron Toledo porque siempre estaba preguntando por neurología, y según ellos, Toledo era el mejor sitio para verla y estudiarla a fondo. Estaba en segundo de carrera y la verdad, iba un poco a ciegas. No sabía si neurología me gustaba o no. Sólo sé que tenía profesores que o la amaban o la odiaban, así que no vi mejor forma de saberlo que irme un año y probar.
Así que ahora imaginaos la situación: nueva ciudad y nueva en una clase de ochenta personas (yo que estaba acostumbrada a una clase de unas treinta), pero además de ser la nueva, era la rara por venirme de Salamanca, ciudad universitaria por excelencia, a Toledo.

Empezamos las clases la primera semana de septiembre y tenía varias asignaturas de neurología pero había una que era dedicada entera a la Lesión Medular. “¿En serio da para tanto la Lesión Medular?” pensaba… y cómo me equivocaba.
Todos sabemos que cuando haces algo que no te gusta se nota pero cuando te gusta, se nota el doble. Sólo había que ver la sonrisa en la cara de mi profesora, Pilar, cada vez que nos hablaba de algún paciente, nos enseñaba vídeos o nos contaba alguna anécdota del hospital.

En diciembre empezábamos las prácticas en el Hospital, así que cada vez quedaba menos para salir de dudas. Nosotros mientras, hacíamos prácticas para probar como era eso de subir escalones con una silla de ruedas, como era eso de subir escaleras tan sólo con la fuerza de tus brazos, caminar con bitutores… en resumidas cuentas, cosas que hasta que no las pruebas no valoras lo difíciles que son.

Por fin llegó diciembre. Pedí turno en horario de tarde así que tuve la suerte de tener dos tutores, María y Juanma, con esa pasión haciendo lo que hacen casi casi contagiosa. Nuestro recorrido era UVI, plantas y después lo que quedaba de tarde, nos íbamos al gimnasio.

Mi primer paso por UVI me costó un mareo y a mis tutores un buen susto al verme más blanca que el pijama. Por suerte, la cosa cambió cuando fuimos a plantas. Conocí a todos los pacientes con los que iba a convivir durante ese mes.
Creo que todos los alumnos que estudiamos alguna ciencia de la salud tenemos a un paciente que nos marca y nos deja un recuerdo que va durar para siempre. Cada paciente que he tenido me ha enseñado algo, pero sí, yo también encontré “ese paciente” del que os he hablado antes.

De camino a su habitación, mis tutores me contaron la historia por la que estaba en el hospital. Los ojos más expresivos del hospital y esas ganas de bromear aunque tuviera seis manos trabajándole encima. Ese es el recuerdo que tengo del primer día.
“Triple veinte. Doble uno. Diana” así es como pasábamos la última hora de la tarde cuando ya habíamos acabado la ronda. Le miraba y pensaba en cómo era posible que una persona a la que conocía de dos semanas me inspirara tanta motivación. Supongo que hasta que no estás en una situación así no sabes cómo vas a reaccionar, pero esa frialdad o, no sé cómo llamarlo, seguridad de saber que todo va a ir bien, seguramente yo no la tendría. Ojalá la tuviera.

Pasaban los días y cada día un poquito mejor. No supe lo mucho que me había implicado con él hasta que llegué al hospital y vi en el informe que ese día las cosas no iban tan bien como de costumbre. Ya no era mi paciente, era mi amigo. Así que ese día cambié la diana por unas horas sentada al lado de su cama, ya tendríamos tiempo de la revancha otro día.
La emoción de los primeros pasos y el gustazo de ver vídeos de cómo te movías el 25 de diciembre y ver cómo lo haces ahora.
Cuatro meses después sigo enganchada a esa mentalidad, a ese “sé que puedo porque creo que puedo”, a esas ganas de un poco más que tienes todos los días. A esa sonrisa cuando consigues un nuevo objetivo. A esa mirada chulesca cuando haces algo que pensabas que no podías hacer. A ti.

Así que si ahora algún alumno de algún curso inferior me pregunta “¿En serio da para tanto la Lesión Medular?” no me va a quedar más remedio que reír. No entra en un taco de apuntes todo lo que una persona que esté en el hospital te puede aportar, enseñar y enriquecer. Y qué suerte que sea así.

Gracias Toledo por enseñarme y darme tanto en sólo siete meses. Siempre agradecida.

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